jueves, 26 de abril de 2018

Ávila: El rítmico eco del silencio

La primera vez que entré por el portón principal de las murallas de Ávila, fue un primero de enero a las siete y treinta de la mañana. Luego de despedir el año en Madrid, esa noche me había ido a dormir un par de horas para madrugar y tomar el tren que me llevaría a la ciudad medieval, nombrada Patrimonio de la Humanidad. Sobrecogido por las masivas murallas, una vez crucé aquel umbral me encontré con un hermoso pueblo de edificios milenarios hechos de piedra, y completamente desierto. Mis amigos y yo caminamos por aquellas calles empedradas y más de una docena de plazas sin ver un alma. Todos, al igual que nosotros se habían acostado tarde celebrando, pero ellos seguían en la cama. Las tiendas y las casas cerradas, los restaurantes y bares... todo.

Aquel antiguo silencio acompañado con un brutal frío que llegaba a los huesos se confabularon para crear una atmósfera tan especial que se quedó grabada en mi mente como un tatuaje. No ha habido un día desde entonces, en que yo no haya pensado en volver a vivir esa experiencia. Decidí regresar a Madrid y de una vez llegar hasta Ávila para quedarme en un hotel dentro de la ciudad y experimentar lo que es la vida de noche en un lugar como ese. 

Mi visita coincidía con la Semana Santa, y Ávila es un pueblo con una fuerte influencia religiosa por ser la cuna de Santa Teresa, así que preferí estar el principio de semana - martes y miércoles - en lugar de jueves y viernes santos que pensé iban a ser más concurridos. Dicho esto, una vez en el hotel en Madrid, vi en el noticiario de televisión la reseña de la numerosa procesión del lunes santo y entendí que me había equivocado. Ni modo... a seguir con mi planes. Dejé la mayoría del equipaje en Madrid y apertrechado con una mochila tomé el tren hacia la ciudad amurallada de Castilla y León.


Este viaje en día soleado pude observar que la parada del tren en San Lorenzo del Escorial está a pasos del Seminario y no sería mala idea regresar a visitarlo y de una vez disfrutar del pueblo que lo circunda, que me dicen que es muy agradable. También me llamó la atención la maravillosa vista de la Sierra de Guadarrama, al norte, cubierta de nieve. Vale mencionar que hasta hace dos días ha estado nevando por toda España y que por suerte he tenido buen clima. Muy frío, pero con sol.

El Palacio de los Velada
Cuando buscaba alojamiento cotejé todos los hoteles que estaban dentro de la muralla, en las páginas de internet. Quería un buen hotel y lo quería en medio de todo. No me importaba el precio. 

Finalmente me decidí por el Hotel Palacio de los Velada: frente a la Catedral, en la plaza mayor del pueblo... el peor sitio para estar en Semana Santa... pero me tiré de pecho y la selección no pudo ser más acertada. El precio de la estadía fue sorprendentemente módico y la experiencia memorable. 

La fachada del Palacio aparece en muchas de las fotos que tomé en mi visita anterior, y aunque no sabía que eso era un hotel, sentí que ya conocía el área. El hotel Palacio proveyó para que la estadía en la ciudad amurallada se superara por mucho. 

La estructura bellísima, convertida en hotel en el 1995 con un gusto muy fino y apropiado; el servicio impecable; y en general un ambiente acorde con su tradición sin ser artificial y escenográfico.

El hotel extiende la experiencia de la ciudad medieval, porque una vez te encierras en la habitación por la noche, sigues rodeado de la época que no se interrumpe en lo que duermes. Estás en un palacio renacentista del siglo 16, en una antigua ciudad... acostumbrados como estamos a los “parques temáticos”.

Del baño de mi habitación, completamente enchapado en un mosaico de mármoles, lo más que me cautivó fue el antiguo grifo de la ducha. Amor a primera vista. Por otro lado, el tercer nivel en que ubicaba mi cuarto era parte del declive de tejas de la techumbre, y desde mi cama, a través de un tragaluz se observaba la imponente torre del castillo.

Cuando sales a la puerta de entrada, te enfrentas a la Catedral de Ávila a pocos pasos. En la noche, por ejemplo, pude estar -sin proponérmelo- en medio de una apabullante procesión de Semana Santa en la plaza, sin alejarme de la puerta de la hospedería.

En la mañana, el desayuno bajo un espectacular techo de cristal y un bufé completo con comidas tradicionales como churros, bollería, y pan con tomate y aceite de oliva.



Mientras escribía la información sobre el palacio, bajé a preguntar la fecha de su construcción. “Es de mediados del 1500”, me contestó el caballero que estaba en recepción. “Durante el renacimiento”, comenté. El caballero sonrió entendido de que yo conocía de estilos de arquitectura y me dirigió a una pared que documenta en fotos el proceso de restauración de la estructura, vitrinas con los objetos encontrados en las excavaciones, e información muy valiosa. 

Vamos a por almuerzo
Un corto paseo por el pueblo y enseguida me di cuenta de que esta visita iba a ser muy distinta a la primera. La ciudad era toda ebullición: todos los negocios estaban abiertos y repletos. Cientos de turistas alemanes, norteamericanos, y miles españoles. Los restaurantes estaban llenos a capacidad, y la mayoría inclusive había acomodado mesas adicionales para atender al gentío que se esperaba esa semana. De primera intención no tenía dónde entrar porque todo estaba a tope. 

El Portalón
De la nada, un amable caballero que me vio buscando entre los restaurantes de la Plaza del Mercado Chico se me acercó, me preguntó si buscaba dónde almorzar - le comenté que como andaba solo no quería acaparar una mesa para cuatro, estando aquello como estaba - me pidió que lo siguiera y me llevó a una excelente mesa para dos dentro del restaurante El Portalón, que igualmente estaba completamente lleno. Me dejó establecido con tempranillo, pan, la carta del menú y el acogedor calorcillo que me resguardó del frío del exterior.


Como aperitivo, Espárragos con salsa mahonesa; y como principal Bacalao rebosado, patatas y ensalada.

Me quitaría el sombrero por el mesero Jesús, que corrió casi solo el salón del restaurante, que estuvo repleto todo el tiempo. El titán mantuvo su amabilidad y cortesía en todo momento... para mi eso no pasó desapercibido y se lo hice saber. Lo agradeció mucho y hasta me pareció que le hice el día.  ¡Enhorabuena!

La Escalera
El primer restaurante que abrió el recordado día de año nuevo fue La Escalera, frente a la iglesia de San Juan Bautista. Allí tomamos café y algunos refrigerios. Me pareció pasar unos minutos a por un café, aunque esta vez no hice conversación. Sólo pedí el café, pagué y salí.

Revolutum 
Esa tarde para cenar entré a un local que me interesó por lo moderno de su decoración contrapuesta al ambiente anticuoso general; que el menú ofrecía varios platos vegetarianos y ligeros; y que el nombre me pareció revolucionario: Revolutum.

En verdad el momento de pedir estuvo un poco confuso, porque el joven mesero me entregó la carta de tapas, pero no se podía pedir tapas porque después de cierta hora ya no las venden... o algo así, que a este momento no tengo claro. 

La cosa es que de varios platos que iba a tapear, reduje la a aperitivo y plato principal: Queso de cabra con manzanas caramelizadas; y gnocchi en salsa cremosa de setas boletus. Ambos platos estuvieron excelentes. Postre no pude pedir porque el mesero estaba solo, entraron un par de mesas que lo entretuvieron - no me malinterpretes, el chaval era muy amable - pero parece que le hizo honor al nombre del local, y tenía un “revolú”. Pagué y salí.

Bococo: Be-O-Ze-O-Ze-O. Bococo.
Mi buen amigo Sergio Tejedor, a quien presento un poco más abajo en el artículo, me recomendó encarecidamente que visitara el restaurante Bococo. Me explicó que es asiduo a él y que siempre que lleva a alguien a cenar allí salen muy impresionados. Nada más faltaba que ese tipo de recomendación viniendo de un joven local, era una visita obligada. Llegué hasta el restaurante, pero lamentablemente estaba cerrado, no sé si por la hora que era, porque era principio de semana y sólo abre los findes, o porque en ese momento se estaba en medio de la multitudinaria procesión y optaron por abrir más tarde. 

El punto es que no pude visitarlo en esta ocasión pero quiero dejarlo señalado por si alguien le llega a Ávila y decide seguir mis consejos, que vaya a cenar ahí. Estoy absolutamente convencido que si Sergio lo recomienda, tiene que ser bueno.

Una anécdota de la conversación con Sergio, fue precisamente que yo no lograba entender el inusual nombre del restaurante. Insistí dos veces en que lo repitiera, hasta que finalmente decidió deletrearlo. Bococo: Be-O-Ze-O-Ze-O. Bococo. Me pareció muy gracioso porque en Puerto Rico la “C” se pronuncia como “S” y me tomó de sorpresa el acento. Me pareció simpático y muy “cool”.

La Cátedra
Tuve la opotunidad de visitar la Catedral de Ávila tan pronto me establecí en el hotel, porque estaba ahí al frente, estaba vacía y en año nuevo no había entrado porque estaba cerrada. La estructura abrió en el 1172 y tiene segmentos de los estilos románico - que es mi favorito desde que estudiaba arquitectura - y gótico. Su planta, o plano de piso, es en forma de cruz con el altar mayor en la cabecera, como es tradicional de la época. 

También es una iglesia de “peregrinación”, que significa que tiene un pasillo oculto por detrás del altar para que los peregrinos puedan darle la vuelta a la iglesia sin interrumpir a los feligreses mientras se celebra una misa. Esta catedral en particular tiene altares secundarios por todo el ábside para que los viajeros puedan detenerse en el camino a orar, mientras que otras iglesias sólo tienen un pasillo vacío. En este caso, el ábside es parte de una de las torres de vigilancia de la muralla de la ciudad, porque originalmente se pensó que fuese una iglesia-fortificación.

El espacio de Cátedra, que en concepto es una iglesia con jerarquía para que los obispos celebren cónclaves en ella, está enclavada detrás de los reclinatorios frente al altar mayor. La “cátedra” o butaca principal del sacerdote de mayor rango está en el centro con sillas más pequeñas bordeando el espacio. El área de Cátedra en esta iglesia, tallado completamente en maderas preciosas, es hermosísimo, sobrecogedor y tiene aire de gran solemnidad.

Adosado a la Catedral de Ávila hay un convento con claustro: un pasillo columnado alrededor de un patio interior dedicado a la contemplación. El convento está abierto al público como museo y guarda valiosas piezas; muebles, joyería, pintura y hasta una colección de casullas y vestuario para oficiar las misas.


Debo aclarar que la información que escribo sobre la Catedral está estrictamente en términos arquitectónicos y no religiosos. Puede que en ese sentido cometa algún error al explicarlo.

Los pasos a paso
En ocasión de celebrar la Semana Santa, habían sacado parte de los reclinatorios para guardar los “pasos”. Los pasos son las plataformas en que colocan las gigantescas esculturas de vírgenes, santos y escenas de la pasión, que cargan en los hombros y a paso muy lento los miembros de las distintas cofradías religiosas. En verdad, poder ver de cerca y en detalle estas piezas que usualmente se ven en movimiento en medio de un gentío fue muy interesante. 

En particular la escultura de Nuestra Señora de la Esperanza, cuyo manto de terciopelo negro está bordado en piezas de oro antiquísimas. Es una obra de arte impresionante. Supe que cada ciertos años el terciopelo se daña, y en ese momento desmontan la pieza de oro y se la fijan a otro manto nuevo.

Poco después de almorzar comenzó la procesión del Martes Santo. Estaba completamente de día y tuve oportunidad de verla de cerca, seguirla y estar un buen rato observándola puramente como eso: observador. 


Regresé al hotel, descansé un rato, salí a cenar y cuando venía de vuelta me topé con el final de la procesión, que dura entre cinco y ocho horas. Ya había oscurecido y la tónica de la actividad era más solemne. Para ese momento ya no hay negocios abiertos y toda la atención de la ciudad está en la procesión. 

La música que retumba por todas las piedras, es la de cientos de trombones y trompetas, tambores y profundos “surdos” que al unísono marcan el paso de la procesión. A esta hora salieron de la Catedral las escenas de la muerte de Jesucristo en la cruz y finalmente la “piedad”, o la virgen con el cristo muerto. El sobrecogedor ambiente de solemnidad y respeto del momento es contagioso para todos los presentes, aún para los que no son religiosos.

A través de todo el día pude observar miles de personas que formaban parte de las distintas cofradías religiosas, reconocibles por el color de su capucha y hábito. Un poco de investigación me dejó saber el origen de la vestimenta. Resulta que para la época de la Santa Inquisición, a los “pecadores” se les obligaba a identificarse tapándose con una capucha - como en la novela “La letra escarlata” - y al día de hoy esa es la costumbre.

En una pequeña tienda de vinos alcancé a ver una ingeniosa vitrina alusiva a la Semana Santa. Desconozco completamente el énfasis que se le otorga a las capuchas porque vengo de afuera. Originalmente pensé que la decoración era una burla, pero luego entendí que la era más por “celebración”. Definitivamente hay una línea muy fina entre una cosa y la otra.

y de compras por el poblado
La mayoría de las tiendas en el centro histórico de la ciudad no son para turistas como sucede en Madrid, San Juan o Nueva York. Las tiendas son para los parroquianos locales que compran en colmados, puestos, tiendas de ropa y calzado, lo que pasa es que tienen un encanto tradicional de pueblo. En el colmado compré pimentón del bueno y dulces de violetas. Las pocas tiendas de “souvenirs” están bien marcadas y posicionadas en lugares estratégicos.

Quería una bota de vino de verdad, sin letreros que dijeran “Recuerdos de”. Finalmente la conseguí en la peletería Artesanía Tejedor, que vende productos tradicionales de cuero. 


De hecho, mientras estuve allí pude observar que le vendían piezas y tiras de cuero a una artesana. La tienda también ofrece todo tipo de productos finos hechos en cuero: zapatos, carteras, billeteras, correas y todo tipo de aperos.

Sergio Tejedor, el chaval de la anécdota de Bococo y que junto a su padre -quien lleva sobre 20 años en la industria- maneja la tienda, fue super amable. Me explicó que la bota de vino que vende está lista para llenarla y cómo hacerlo, además de las distintas capacidades que había disponible en ese momento: uno, uno y medio, y dos litros. Estuvimos hablando un buen rato en la pequeña pero acogedora tienda. ¡Muy “cool!”

Justo al cruzar la calle frente a la tienda de Sergio está Solera, una bellísima tienda de ropa para hombre y mujer basada en el sur de España. Me llamó la atención la espectacular vitrina decorada con ropa de brillantes colores, telas y cortes que vendrían muy a tono con el clima del Caribe. Los primarios rojos, azúl y amarillo; intensos verdes, violetas y naranjas... en fin, una línea completa tropical. 

 - “I want that puppy in the window...”  
- “Quiero ese.” 
- “¿El rojo?” 
- “No, el verde”.
Entré y compré un pantalón verde bastante vivo pero a la vez adecuado para mi edad; aunque confieso que entré a por el rojo Ferrari. La joven que me atendió me pareció encantadora y se tomó el tiempo en interpretar mi talla americana a la Española, además de explicarme los tamaños de camisa y polos para cuando ordene por la tienda online @solerayarte. No se lo digas a nadie, pero estoy enamorado de mi pantalón verde.

Justo entre la Catedral y el Palacio de los Velada está la tienda de “souvenirs” Recuerdos del Nogal.  Allí, además de los regalos usuales, se encuentra una impresionante variedad de cerámica tradicional y otras artesanías de las provincias circundantes. A falta de espacio para luego cargar en el avión fue muy poco lo que pude comprar: dos platos medianos.

Cuando decidí qué diseño de platos me gustaba se los señalé al dueño del local que procedió a descolgarlos de la pared. Le comenté que había pensado que eso era sólo un muestrario y que él buscaba otro en el almacén. “No existe otro igual”, me contestó. “Cada uno es un original y lo hace un artesano llamado Oscar, en Talavera de la Reina. Este tipo de porcelana se vende muy poco, pero como Oscar es mi amigo siempre los ofrezco aquí.” La variedad de cerámicas de la tienda me pareció excelente desde piezas pequeñas hasta porrones enormes.

El balance
Caminar por Ávila es como sumergirse en el tiempo y viajar a muchos siglos atrás. Es escuchar el eco que retumba en las milenarias piedras. Es ese silencio que duele en los oídos. En el mejor de los casos, es viajar sólo unas décadas a un tiempo pasado mejor; y a la vez estar en medio del vertiginoso futuro.

El balance de la visita a Ávila es que está muy por encima de otras alternativas de destino superficiales y costosas. Esta visita, fácil y accesible -amén de interesante por lo histórico, enriquece emocional, espiritual y culturalmente. No puedo esperar.

Se le iluminan los ojos
Una buena presencia de la ciudad amurallada de Ávila en San Juan de Puerto Rico está en el restaurante El Chotis en Ávila de nuestro amigo el chef Mario Jiménez. El acogedor local ofrece comidas del área así como delicias del resto de España. El restaurante que está localizado cerca de La Milla de Oro, entre el área de bancos y la Corte Federal, usualmente está lleno de banqueros, abogados y ejecutivos.

En dos ocasiones le he hablado a Mario de su ciudad natal, y literalmente le brillan los ojos y se emociona con una amplia sonrisa. El chef vive en San Juan hace varios años y visita Ávila esporádicamente. Usualmente se le encuentra caminando por todo el salón de su restaurante, bien ocupado con sus cosas, pero siempre saca tiempo para un saludo y una corta conversación. El tipo es muy “guay”.

En el restaurante he comido excelentes versiones de platos como arroces estilo paella, croquetas, pescados y mariscos. La vez más reciente me senté en una mesa alta en el área de la preciosa barra de azulejos - a insistencia del Maitre d Martín - y la pasé de lo mejor en medio del bullicio del almuerzo.

Lo que se lleva el premio definitivamente es el Flan de queso Manchego. Esa confección dulcemente cremosa con pedacitos de queso saladito rallado es inexplicablemente sabrosa. Para colmo lo platean con más quesito por arriba, almíbar y quieres que no se termine nunca. “Qué sonido tan triste cuando se acaba”, como decía el viejo anuncio de leche con chocolate.


Coteja las páginas de: 

Hotel Palacio de los Velada: www.hotelpalaciodelosvelada.com @hotelpalaciovelada 


Bococo:



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