sábado, 13 de agosto de 2016

La vara para medir torrijas

Le expliqué que le había servido mi versión del tradicional postre, y que probablemente en España era muy distinto. “No me importa”, me contestó en su perfecto español con fuerte acento norteamericano. “En lo que a mi respecta, éstas son las verdaderas ‘torrejas’. De hoy en adelante, cualquiera otra que coma habrá que medirla con éstas de referencia.”

Había sobrado un poco de pan del día anterior, y no quería botarlo, así que hice torrejas. Mi vecino Andy, un profesor de la Universidad de Puerto Rico que vivía con su esposa Isabel en el piso de arriba, vino a tomar café y se las ofrecí. Le fascinó sobre todo el suave sabor a anís que tenía el almíbar, e inmediatamente quiso que le explicara el proceso a su señora para que se las hiciera.

Desde pequeño yo comía torrejas, la deliciosa confección hecha con pan viejo rebosado en huevo, fritas y remojadas con almíbar. Las hacían mi madre y mi abuela, y eran un platillo común en mi casa. Con el tiempo vine a saber que eran oriundas de la península ibérica, que la forma tradicional de hacerlas es un poco distinta a como las hacía mami, y que era algo que no se comía en las casas de mis amigos.

El gastrónomo romano Apicio. Foto suministrada.
Un poco más adelante, por estos lares se empezaron a servir las tostadas francesas o french toast que se hacían para el desayuno en hoteles y restaurantes. Era un platillo parecido pero en versión fast-food. Pensé “probablemente son tan francesas como las french fries”, y no estaba del todo equivocado.  La primera referencia de algo que parece una torrija, la escribe el gastrónomo romano Apicio, en una colección de recetas que data del siglo IV. Ésta consiste en una rebanada de pan sumergida en leche azucarada que llama “Plato dulce”, pero no menciona el uso de huevo. Dicen que pronto este plato se hizo costumbre por toda Europa con el nombre de suppe dorate.  
Diseño en la tumba de Guillaume Tirel,
y sus dos esposas. Foto suministrada.
Allá para el siglo 14, finalmente aparece la receta de las tostées dorées, con la forma en que las conocemos hoy, en el recetario francés Le Viander de Guillaume Tirel (1326 - 1395), alias Chef Taillevent. 

Juan del Encina.
Foto suministrada.
En España, la receta aparece en los libros de cocina de principios del siglo 17. Sin embargo, ya en el siglo 16, el dramaturgo Juan del Encina menciona en una obra “miel y muchos huevos para hacer torrejas” como plato para la recuperación post-parto. La costumbre de comerlas en cuaresma probablemente surge de la necesidad de duplicar los usos del pan, sobre todo el que sobra, en una época en que no se come carne.

Las torrijas se preparan con pan de panadería o de hogaza y se “curan” en almíbar por un tiempo. Las francesas las he hecho siempre con pan de molde, dulce o brioche, en el momento de servirlas con almíbar de maple a la hora del desayuno.

Confieso que cuando comencé la documentación para un artículo sobre torrejas, lo hice pensando que éstas y las “tostadas francesas” eran productos diferentes. Con las lecturas he descubierto que son el mismo platillo, con distinta costumbre, bagaje y preparación.  Usé indistintamente los nombres “torrejas” y “torrijas” a propósito en este texto. En Puerto Rico y otras partes de hispano-américa, el término común es con e, mientras que en España lo pronuncian con i.

Puede que mi versión no sea la más tradicional por tres razones, que probablemente hacen o no una diferencia:

La primera es la mezcla para remojar. La receta tradicional sugiere que se sumerja en leche la rebanada de pan duro. Cuando absorbe la leche, se pasa por huevo batido y se fríe. Yo sumerjo el pan en una mezcla de huevo, leche, canela, vainilla, sal, y paso directamente a freír. Adelanto un paso y sabe mejor porque el interior ya lleva especias. Por ejemplo, en algunas partes de España sustituyen la leche por vino blanco para remojar antes de rebosar y freír.  Esta es una versión que no he probado.

La segunda es la fritura. Tradicionalmente se fríen deep-fried en abundante aceite de oliva extra, al que a veces le añaden cáscara de limón, y sin duda tiene un delicioso sabor. Yo las frío en mantequilla, y creo que el caramelizado de la mantequilla quemada les da un toque especial.

La tercera es el almíbar. Desde pequeño el sirop en mi casa llevaba anís. He sabido que tradicionalmente se usa canela, pero insisto que mi versión tiene un encanto especial. Se podría hervir un par de estrellas de anís en el agua por unos minutos antes de echar el azúcar. Yo prefiero hacer el sirop simple y luego echarle una onza de anissette, o licor de anís. Creo que el poco de alcohol, que ni se siente, le da un ¡bam!.

Perdí el contacto con Isa, Andy y los vecinos del pequeño edificio del área turística de San Juan en que vivíamos y que era como una familia. Pocas veces cocino porque precisamente el comer afuera es la razón de ser de esta página. Lo que sí espero es haber mantenido el standing de referencia para comparar buenas torrejas, y que siempre que Andy las coma diga “Están buenas, pero no tanto como las primeras que probé”.

Aquí les dejo la receta por si las quieren hacer en su casa. Disfrútalas.

TORREJAS
Ingredientes para las Torrejas:
1 pan duro (tipo baguette)
1 taza de leche
3 huevos
1 cucharada de vainilla 
1 cucharada de canela en polvo
Sal
Mantequilla para freír




Procedimiento:
Corta el pan en rodajas de 1 pulgada de grueso. Si el pan es fresco y no está lo suficientemente duro para mantener su integridad al mojarlo, deja las rodajas al aire hasta que se resequen un poco. Colócalas en un envase con la mezcla de leche y huevo para que lo absorban, volteando una vez para que se humedezcan por ambos lados.

En una sartén calienta la mantequilla para que se derrita. Fríe las torrejas en la mantequilla y voltéalas cuando estén doradas.

Colócalas en un envase y cubre con todo el almíbar. Deja a temperatura ambiente hasta el momento de servir o enfríalas en la nevera para que duren más. Sirve una o dos torrejas por persona, con bastante almíbar.

Ingredientes para el Almíbar:
1 taza de azúcar
1 taza de agua
1 onza de Anisette, ó 2 estrellas de anís, ó 2 palitos de canela

Procedimiento:
Para hacer el almíbar con anís estrellado o canela, hierve la especia seleccionada en el agua por dos minutos y luego añade el azúcar hasta que se disuelva.
Si vas a hacer el almíbar con anisette, combina el azúcar, y el agua, y hierve a fuego medio, hasta que el azúcar se disuelva. deja enfriar e incorpora el licor de anís. El almíbar debe estar a temperatura ambiente para empapar las torrejas.


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sábado, 30 de julio de 2016

Chocolate a la medianoche

Ya tengo la pijama puesta después de un largo día de trabajo. También tengo antojos de un postre con chocolate. Lo que no tengo es la intención de volverme a vestir y salir a comprarlo. Recuerdo que hace años estuvo de moda hornear en el micro unos bizcochos de chocolate, en tacitas de café, que se hacían en segundos.

Tengo todos los ingredientes, inclusive en la laptop tengo una receta. Lo que no tengo es intención de prenderla para buscarla. Tomo el móvil y en cuestión de nada, aparecen miles de recetas. Todas prometen algo... que si en menos tiempo, que si menos ingredientes... que si el más húmedo. Escojo una al azar, que no lleva huevos, aunque de casualidad hoy hay algunos en la nevera. Vale. Manos a la obra.

Cotejo la receta y lleva leche: Primer problema. Hace años que no compro leche regular sino en polvo, porque sólo la uso para echarle al café colado para que quede más espeso. ¡Bam! Primera idea. Si en vez de hacer la leche con agua la hago con un poco del café que sobró, el bizcocho tendrá mejor sabor... como “mocha”.

Aceite vegetal: Segundo problema. ¡Nah! Tengo aceite de oliva, y si he comido mantecado de oliva y hasta un flan con aceite en vez de almíbar... ¿Cuál puede ser la diferencia?

Azúcar. Bueno, ésta no es un problema, pero me tengo que decidir entre morena y blanca en la que guardo una vaina fresca de vainilla para darle sabor. Escojo la morena porque pienso que el sabor a caramelo y “melao” sólo puede mejorar el bizcocho.

La última decisión fue la taza. Cuando estuvo de moda, la diversión era precisamente que se horneaba en una taza de café. Innovador. Ok, pero ¿cuál es la diferencia entre una taza y un bowl bonito para presentarlo mejor? Busqué una vasija oriental de entre mi colección, que más o menos tuviera la misma cabida, y lo hice ahí.

Finalmente la receta pide un poco de Nutella para ponerle en el centro. Eso sí que no tenía, pero me habían regalado un caramelo crema de café y lo sustituí. Si ya el bizcocho tenía el sabor de café integrado, sólo podía ayudar.

Luego de 70 segundos en el micro, el postre quedó espectacular. Pude haberle echado un poco más de azúcar para contrarrestar el café, o hasta un sirop simple por encima, pero el amargor parecía ser parte del chocolate.


Aquí pongo la receta original sin los cambios que hice por si la quieres probar.  Como ves y siempre digo, experimenta en la cocina. Basta con intercambiar ingredientes con un poco de sensatez y todo saldrá a pedir de boca. Buen provecho.

Bizcocho de chocolate en taza
Ingredientes:
1/4 de taza de harina de trigo
2 cucharadas de cacao en polvo
1/4 cucharadita de baking powder o levadura química
2 cucharadas de azúcar
1/8 cucharadita de sal
1/4 taza mas 1 cucharadita de leche 
2 cucharadas de aceite vegetal
1 cucharada de Nutella

Instrucciones:
Mezcla todos los ingredientes hasta obtener una masa homogénea sin grumos.
Echa en la taza, de aproximadamente 14 onzas, dejando espacio para que crezca y no se derrame. Coloca papel toalla debajo de la taza por si se derrama.
Hornéalo en el micro por 70 segundos en high. En el mío funcionó perfectamente, pero coteja las instrucciones porque cada horno suele ser distinto.
Ten cuidado al sacarlo, porque está muy caliente.

Disfrútalo.


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jueves, 16 de junio de 2016

No todo lo que brilla es cerveza

“Cuando uno coge esa copa y la ve friíta, le dan ganas de seguir tomándola” decía un anuncio de cervezas de los años setenta. El texto lo decía un donsito con sombrero de paja y cara de que le gustaba beber. Si mal no recuerdo le faltaban par de dientes, y decía aquello con tal gusto que cuando editaban a la imagen de la copa de cerveza con la espuma que se desbordaba, ya yo iba camino al congelador a buscar mi fría.

Esta semana me volvió a pasar. Vi la copa friíta y me dieron ganas de seguir tomándola, pero aunque parecía una cerveza negra stout, en realidad era café frío procesado con nitrógeno. La espuma no era otra cosa que la crema; y el donsito era el de Café Don Ruíz, en el Cuartel de Ballajá en el Viejo San Juan de Puerto Rico, en donde han estado experimentando con el proceso de café a temperaturas bajísimas.


Cuartel de Ballajá, Viejo San Juan de Puerto Rico.
“Estuvimos en la Convención Mundial de Café Especial (SCAA) en Atlanta, representando a Puerto Rico con nuestro café y allí nos adiestramos en el proceso con infusión de nitrógeno. Hemos estado preparándonos desde abril para presentar un producto de alta calidad”, nos comentó el amigo Abimael Ruiz, presidente de Café Don Ruiz, mientras caminábamos por el pasillo del majestuoso edificio colonial en que se encuentra el cafebar.

Café Don Ruiz en todo apogeo, con los baristas Josué,
Marlon y Abner. A la derecha, la tostadora de café y entrada
al Museo sobre café que está en el recinto.
Para el Nitro Coffee se utiliza como base el café Don Ruiz Especial 100% Arábica de Yauco, Puerto Rico. “El colado en frío puede tardar entre 24 y 36 horas”,  comenta el barista Josué en Don Ruíz. “Entonces se envasa en barriles ‘kegs’ de metal; y finalmente se procesa con nitrógeno en el momento de servirlo.” El día en que los visité, el cafebar era toda ebullición. Además de Josué estaban los baristas Marlon y Abner, quien ha representado a Puerto Rico en competencias internacionales. 



Latte doble por el barista Marlon
de Café Don Ruiz.
El proceso de colado en frío hace el café menos ácido y más dulce. Se le puede añadir leche o crema, azúcar, almíbares de sabor y canela o chocolate. Por otro lado, la dosis de cafeína que lleva la porción es mayor a la de una taza regular de café, como un espresso o un latte.



Foto suministrada.
Bien vale la pena aventurar en esta innovadora manera de tomar el café, que por primera vez viene congelada, y vestidita de novia. Quizás se convierta en la alternativa refrescante cuando andas de paseo por San Juan, el Morro o estás en cualquiera de las fiestas tradicionales que se celebran en el área. Como dice el otro anuncio de cerveza: “Café café... y nada más.”


Chequea la página web de Café Don Ruiz en:   www.donruizstore.com

Chequea el video del café Nitro de Don Ruiz: https://youtu.be/eyXUWUP4URU

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miércoles, 1 de junio de 2016

El traicionero macarón de chocolate con chile rojo

De primera intención parece una inofensiva galletita de chocolate amerengada hasta que al tragarla, ¡Bam! recibes la patada de pique justo en la garganta. La reacción de todos los que la probamos fue la misma, hasta que ya lo hicimos de broma y esperamos la mirada con ojos sorprendidos en el momento en que le llegaba el golpe a los inocentes a quien le dimos a probar la sabrosísima confección.

La mezcla de chocolate con chile es tradicional mexicana, como por ejemplo en el “mole poblano”. Es natural, porque el xocolatl es oriundo de ese país y es parte de sus ingredientes autóctonos. El chocolate con chile, sin embargo, es una de las maravillosas combinaciones que Sugar Lab ha seleccionado para hacer macarons artesanales, que tradicionalmente son franceses de sabores suaves, pero que éstos reposteros confeccionan con ingredientes locales y fuera de lo común.

El nombre evoca un sitio frío y antiséptico, con serios científicos vestidos en bata blanca mientras hacen experimentos con tubos de ensayo llenos de los químicos que componen el azúcar. La realidad es que el Lab es un espacio de hornos y cocina con gente muy chula que trabaja alegremente como hormiguitas y hacen macarons, galletas, sabrosos bizcochos... y con un olor espectacular en el ambiente.

Sugar Lab, el laboratorio del azúcar, comenzó en el 2007 como un proyecto de Obed García y su esposo Agustín Rodríguez a su regreso de Estados Unidos, en donde vivieron por un tiempo. Para el 2011 ya habían establecido la fábrica que los ha traído hasta hoy como una empresa exitosa y reconocida. La pareja se conoció en Nueva York y después de unos años se mudaron a California, en donde por primera vez le prestaron atención a los macarons franceses que ya los han hecho famosos.

Agustín Rodríguez estudió pastelería (pastry chef) en el Departamento de Artes Culinarias del Art Institute de Fort Lauderdale. En Nueva York trabajó en varios restaurantes, entre ellos, en el 2007 estuvo en Applewood de Brooklyn, que se dedica a la comida por temporada y el concepto "del huerto a la mesa" (Farm to table). Alli estuvo a cargo de los postres. "Tienes que ser bien creativo. Un día llegas y te dicen 'No hay frutas. Hay maiz o calabaza', y te las tienes que arreglar para hacer postres con esos ingredientes", comenta Agustín, quien capturó la atención del famoso blog Chowhound con su mantecado de tocineta.

Foto suministrada.
El restaurante Ammo fue su campo de juego en Los Angeles. El concepto de allí era el mismo  Farm to table, con la gran diferencia de "que tenía acceso a todos los productos que se cultivan en un área como California", comenta. Ahí también sus postres llamaron la atención de la prensa, pero en este caso fue la de Los Angeles Times, que hizo un reportaje sobre sus mantecados creativos.

Foto suministrada.
En un principio Sugar Lab trabajaba los pedidos “a la carta”, y preparaban los sabores según las órdenes de cada restaurante. Ahora el negocio ha expandido tanto, que mantiene un inventario bastante amplio como para suplir al momento la demanda de los locales que los ofrecen, restaurantes, cafebares y tiendas.

El famoso chile rojo del macarón
de chocolate. Foto suministrada.
Sugar Lab ha integrado otros productos “como el rum cake caribeño que hacemos de piña colada, coquito, original y guayaba”, comenta Obed, a quien interrumpimos mientras tomaba fotos para las redes sociales de bizcochitos de parcha y de piña. “También acabamos de presentar una línea de galletas nueva que incluye sabores como guayaba y bacon, pistacho y coco, de café con chocolate”.

Foto suministrada.
Nos llamó la atención que Sugar Lab tiene la capacidad de copiar los colores que les piden para bodas y eventos que requieren combinaciones particulares. 
Foto suministrada.
También pueden integrarle el logo de compañías en azúcar, para sus actividades. Los sabores también son a discreción del cliente... ¿quieres uno con el sabor de tu trago favorito? Allá van.

Foto suministrada.
Los precios de Sugar Lab son más que competitivos en relación a los macarons importados, que hemos visto hasta cuatro veces más caros. “Yo misma hago entregas por las tardes mientras Agustín se queda a cargo del negocio”, explica Obed. “Por ejemplo, paseo por el área norte de la isla a hacer entregas en varios cafebares de esa área que venden los macarons.” Hay varias tiendas y cafés que venden o sirven los macarones, como La Hacienda en todos sus locales; Passion y Magritte en Plaza Las Américas; G Delights en el Viejo San Juan y San Patricio;  The Fruttery en Hato Rey y Mayagüez; Con Leche, Melao Coffee y El Tablajero en Ponce; y otros más a través de toda la isla.

Foto suministrada.
Nos gustó tanto la experiencia de compartir el macarón de chocolate con chile rojo, que vamos por más. Esta vez queremos de vino tinto con chocolate, de lavanda, y de mojito.







Chequea la página de Facebook de Sugar Lab para que obtengas má información o te comuniques con ellos.  https://www.facebook.com/SugarlabPR/?fref=nf


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martes, 17 de mayo de 2016

Me pidieron el sol

– “¿Te atreves a pintar un mural?”, me preguntó Angel un día. 
– “Si”, contesté.
– “¿Te atreves a hacerlo en madera?”, dijo otro día.
– “Bueno...”
– “Pensamos que sería mejor en cerámica... ¿te atreves?”, dijo un poco más tarde.
– “... Creo que sí...”
– “Ya sabemos lo que queremos que hagas...”

Me pidieron el sol.

Mi hermana menor y mi cuñado se acercaron un día para contarme que querían abrir un restaurante mexicano. Entre una cosa y la otra, surgió que el sitio se iba a llamar Las Nanas, y esa misma tarde les diseñé un logo. 

Desde el principio pensamos en el calendario azteca como imagen recurrente, pero la complejidad de esa pieza y la dificultad para reproducirla nos hicieron cambiar de idea. De todos modos nos gustaba la rueda indígena como fondo, así que me dirigí hacia un sol con imaginería mesoamericana. Camille se emocionó mucho cuando lo vio finalizado. La tipografía del nombre salió de la primera, un tipo de letra geométrica bien sencilla que parece esculpida.

La idea del restaurante siguió tomando forma, confirmaron el local y comenzó el diseño del interior. El concepto era el de un almacén industrial, con decoración ultra lujosa y femenina. 
Paredes empañetadas sin pintar, con candelabros de cristal de roca; Madera rústica maltratada, tapizada en terciopelo; vajilla de porcelana, sobre bloques de madera.

Mandamos a construir la barra, las mesas, los tablilleros, cortinas, lámparas, equipos... 

y quedaba la última pared vacía. La que desde el principio habíamos quedado que llevaba un mural. 




Hace décadas no trabajaba el barro. Cuando era estudiante de arquitectura tomé clases con el reconocido ceramista Jaime Suarez,  quien exhibe piezas en los más importantes museos del mundo, que era mi maestro y con el tiempo, mi amigo. En aquél momento Jaime era parte de un colectivo de ceramistas llamado Manos, que tenía su propia galería en el Centro de Convenciones, y que más tarde se convirtió en Casa Candina. Allí yo compartía con Toni Hambleton, Jorge Cancio, Lorraine de Castro, Gretchen Haeussler, y otros importantes artistas. También estudié en los talleres de la UPR y la Liga de Arte en el Viejo San Juan... hace décadas. Ahora mismo no sabía ni por dónde empezar, pero no le tuve miedo al proyecto.

Comencé por buscar el barro. Estuve por las tiendas que conocía pero ya ninguna existe. A punto de darme por vencido, esa tarde llegué al Buen Vecino Café y por hacer conversación le mencioné a Quique de dónde venía. Resultó que la joven que tenía al lado era ceramista y me refirió a Arnaldo Serrano, de Frank’s Ceramics en Carolina. Al otro día temprano me presenté al lugar.

Serrano resultó ser un tipo super amable, bien emprendedor, motivador, y enseguida se insertó en el proyecto que le expliqué. Me dio par de “tips” y se ofreció a quemar el mural en sus hornos. Debido al tamaño de la pieza, que casi llega a los ocho pies de diámetro, la quemada se hizo en dos etapas. Algunas de las piezas se quebraron en el proceso, pero la rotura se integró al diseño y ahora los “amarres” con cable de bronce son parte del mural.

Montar las piezas de cerámica sobre la base de madera fue un proyecto de por sí. Una a una, armar el rompecabeza que nunca había visto completo, sino en mi mente. 
Mientras lo instalaba entró mucha gente al local y comentaban que me había vuelto loco, pero ya hacia el final se entendía la compleja pieza.




Sale el sol
Cuando iba a empezar a trabajar el barro, Camille me explicó por qué se conmovió tanto al ver la imagen del sol, que en el centro tiene la forma abstraída de dos manos que se juntan. 

Sacó su celular y me mostró una foto de su mano junto a la de papi, en una posición similar a la del logo. Papi murió hace unos meses y esa foto era en el hospital días antes de su muerte. En ese momento todo el proyecto tomó una nueva dimensión, para convertirse en un homenaje a papi y a nuestra familia.

El nombre Las Nanas viene de que así era que papi llamaba a Camille, y cuando llegaron las nietas, se convirtieron en Nanita y Nanitita. De ahí que ellas son Las Nanas.

Rayo de la Música, final.
Rayo del Café, Final.
Esa mañana que me enfrenté al barro por primera vez, en realidad sentía una gran responsabilidad en muchos aspectos. Tenía que quedar memorable no importara qué, y hacerlo fue casi una actividad ritual. Hice moldes de cartulina para cortar las piezas, y en ese momento pensé que cada uno de los cuatro rayos principales debería tener un tema que lo relacionara con el restaurante. Pensé en comer, beber, tomar café, escuchar música... y empecé a trabajar.

Rayo de la Comida, en proceso.
Rayo de la Bebida, en proceso.
 Las piezas salieron casi por su cuenta. Las texturas las fui formando poco a poco con pedazos de madera, implementos de cocina, hojas y ramas de mi jardín, piedras, pedazos de cerámica rota, llaves antiguas, chapas de refresco y con pedazos del mismo barro blanco.

Angel me había pedido que la familia y algunas amistades tuvieran participación en la pieza central del mural, la parte de las manos. Al otro día nos reunimos en su casa y una vez corté las piezas que configuraban las manos, todos pusieron su marca.

Mami grabó su anillo de boda y el de papi; Angel y Elsie hicieron lo mismo; mi hermano Jose escribió varias frases; el reloj de papi, la vaina de un flamboyán, su árbol favorito; Rocky puso una moneda que trajo de México; las nenas presionaron sellitos de goma y al final todos firmamos una placa que está debajo del mural.

El tamaño de la pieza terminada, que mide ocho pies (2.4 metros) de alto, aparte de los reflectores que la iluminan, la hace un punto focal importante en el local. He visto a varias personas preguntar por él, y algunas inclusive han pedido que yo vaya a la mesa a explicar. Los meseros saben la historia, y se les ha invitado a contarla si le preguntaran. Otras personas lo miran y pensarán que es un adorno más, y eso está bien porque esa era la intención original.

Para mi y mi familia, es una imagen gráfica de quienes somos. Una familia compuesta de muchas partes separadas, con personalidades propias y distintas, que a la larga componen un todo. Que se ha ido formando como las piezas de barro suave, y que al pasar por calor intenso se ha convertido en piezas sólidas de piedra. Que se aferra a una base sólida como de madera, con cables maleablemente fuertes de metal.

Al finalizar, mi hermana me sorprende con lo que escribe en su página personal de Facebook:
“Arquitecto de sueños y proyectos. Escenógrafo de las más bellas producciones de teatro. Apasionado profesor universitario de las artes, comunicaciones y producción de teatro. 

Le pedimos un detalle para el punto focal de Las Nanas Cantina y, como de costumbre, se le fue la mano. Hoy, gracias a él, tenemos un monumental logo, hecho a mano en barro, con descripciones únicas, que van desde la comida, la bebida, la música y el café, hasta lo más íntimo, el símbolo de mi mano con la de Papi, que en paz descansa.  
Perpetuó su talento en una pieza que no se quita cuando baja el telón, ni termina su semestre en la universidad. Más bien, nos ha obsequiado una pieza para contemplar, conversar acerca de ella, admirar o, simplemente tener de fondo, en ese lugar especial al que se desee ir a pasar un buen momento, entre una sabrosa comida, rica bebida, buena música, o un sabroso café, solos o acompañados, en el día a día. Mil gracias.


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