lunes, 2 de diciembre de 2013

¡La nevada de polyester en Plaza!


Cuando llegué al restaurante, mi papá ya estaba ansioso por la espera y enseguida buscó al mozo para ordenar.
– “Perdona la tardanza, pero me detuvo la nevada,” le dije al sentarme.
– “¿La qué?” me preguntó extrañado.

– “Una nevada. Había mucha congestión de gente y no podía pasar.”
– “Aquí no cae nieve... además hoy hace mucho calor para nevar,” me contestó con su acostumbrada lógica de hablar. Según él, en la eventualidad de que nevara en el Caribe, hoy no iba a ser ese día por la alta temperatura.


Le expliqué que había ido a Plaza a echar unos pagos en el buzón del banco, y que en el camino al estacionamiento, me topé con la tormenta.

Sucede que iba campechanamente por el pasillo del centro comercial cuando de repente escuché el sonido de una ventolera seguido por gritos y aplausos. Al llegar al atrio central que estaba cubierto con una gigantesca alfombra roja, me percaté de que tres sopladores mecánicos colocados sobre la viga del clerestorio, echaban al vacío una sustancia plástica blanca que me recordó el algodón de azúcar del circo.

Abajo en el piso, recibiendo aquella lluvia blanca de polyester, había una manada de niños y sus padres, completamente deslumbrados por la experiencia.

Mientras esto sucedía, por las bocinas se escuchaba a tó jender la antigua grabación del vaquero Gene Autry de la canción navideña norteamericana Frosty the Snowman

Algunos niños se tiraban al piso para acaparar la “nieve”, otros saltaban para capturar los pedazos de pelusa plástica antes de que cayeran a la alfombra, y uno en particular estaba acostado boca arriba moviendo los brazos y piernas extendidos tratando infructuosamente de hacer snow angels en los dispersos pedazos plásticos. 

Las madres sonreían orgullosas, contagiadas por la felicidad de sus hijos. Otras, llegaban empujando los coches de bebé a toda prisa para no perderse la lluvia de snowflakes.

Detuve la marcha para observar la surreal situación, con una mezcla de alegría por la cara de los niños, asombro por lo absurdo de todo aquello y un poquito de tristeza por lo poco que se necesita para hacer feliz a un chamaquito inocente. Había un gentío mirando a los niños disfrutar. 

Casi me iba cuando escuché a un viejito comentar: “Igual que cuando Doña Fela,” recordando que Doña Felisa Rincón de Gautier, la una vez Alcaldesa de San Juan, trajo nieve -o más bien hielo para piraguas- vía aérea en un avión de Eastern Airlines desde Nueva York y la echó en la Plaza de Armas frente a la alcaldía para el disfrute de los niños. 

En una vieja foto de ese suceso, observé que pusieron una verja de madera blanca (white picket fence) para contener la montaña de hielo - que se debe haber derretido en minutos y perdido entre las maderas. 

En otra foto había varios niños que jugaban con un snowman, y algunos oficiales gubernamentales observaban satisfechos el éxito de la actividad. Confieso que había escuchado sobre la “nieve” de Plaza, y también pensé en el regalo de Doña Fela.




–“Buenas tardes, ¿qué le puedo servir?,” interrumpió el mozo del restaurante.
Miré de refilón el menú internacional: Lasagna italiana, arroz chino, pepper chicken, mangú dominicano, hamburgers, tacos de carne, feijoada brasileña, enchiladas de pollo, sandwich cubano, empanadillas argentinas, arepas venezolanas, pandebono colombiano, sushi japonés, tamales mejicanos, king crab... ¡Órale, güey! ... y respiré profundo.

– “¡A’cho no!, dame arroz con gandules, mofongo, pasteles, tembleque... y un café puyita”.


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